Tanto la teología como la filosofía tratan de explicar qué sucede después de la muerte. Básicamente todos o la gran mayoría dan por hecho que existe la salvación y la condenación. Luego de innumerables explicaciones acerca de cómo salvarse, vemos en la actualidad una división que parece irreconciliable: unos que dicen que la salvación se alcanza mediante las buenas obras y otros que afirman que el hombre se salva única y exclusivamente a través de la fe. Es necesario que se le ponga fin a ese divisionismo a través de una explicación clara y verídica que nos permita conocer el papel que juegan la fe y las obras dentro del plan de salvación de Dios para la humanidad.
En primer lugar es importante señalar que la fe y las obras no son enemigas ni rivales, sino por el contrario, cuando ambas se fusionan, forman en las personas un carácter puro y agradable a los ojos de Dios, así como también una vida virtuosa delante de los hombres y de quienes nos rodean. Lamentablemente algunas religiones se han enfocado o solo en la fe o solo en las obras, como si la una fuera el antónimo u opuesto de la otra.
Santiago 2:18 nos muestra que la fe y las obras no deben verse como contrarias:
“Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.”
Como vemos, las obras dan testimonio o revelan el grado de sinceridad de nuestra fe.
Existe también una razón muy importante que no se debe dejar de mencionar, y es que quien da la salvación es Dios, por lo cual no debemos ver ver a la fe ni a las obras como autores de la salvación, sino como copartícipes de ella.
Así como el amor se manifiesta dando, la verdadera fe se manifiesta por las buenas obras, sin que esto signifique una oposición entre ambas.
Abraham es conocido como “el padre de la fe”, pero eso no significa que no haya tenido buenas obras, pues cuando Dios le dijo que sacrificara a su hijo Isaac, estuvo dispuesto a hacerlo, poniendo de manifiesto que su fe era genuina y que no había en él hipocresía.
Personalmente he podido darme cuenta de los dos extremos respecto a la relación entre la fe y las obras. Por un lado aparecen los que dicen que tienen fe y eso les sirve de excusa para cometer todo tipo de inmoralidades y para desobedecer desenfrenadamente a Dios. Por otra parte están aquellos que creen que por su generosidad, posición social y riqueza, pueden negociar con Dios la salvación, considerándose a sí mismos merecedores de la vida eterna, lo cual es completamente falso porque un solo pecado nos pone en la lista de pecadores. Ambos extremos son igualmente erróneos.
Algunos han querido ver a las obras como un complemente de la fe, pero lo correcto sería decir que la fe genuina se manifiesta en buenas obras, y no que las obras son un complemente de la fe.
En el peor de los casos, muchos han ocupado este tema como motivo de división, atacando el valor de la fe o la importancia de las obras y logrando con ello únicamente generar confusión en las personas.
La salvación proviene de Dios, la recibimos por fe y la manifestamos a través de las buenas obras. Es necesario comprender que Dios se agrada de que creamos en lo que Él ha prometido así como también quiere que le obedezcamos. ¡La fe y las obras son grandes amigas!
BIBLIOGRAFÍA
La Santa Biblia. Versión Reina-Valera 1960. Santiago 2:18 y Romanos 4:1-3 (del porqué a Abraham se le conoce como “el padre de la fe”).
Jaime Montoya
jaimemontoya@jaimemontoya.com
www.jaimemontoya.com
Saturday, April 7, 2007
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

No comments:
Post a Comment